
La Traición en la “fincajuliana”
A mis 79 años, me encuentro en la antesala de la justicia, esperando que un juez encuentre el tiempo para dictaminar lo que mi piel y mis manos ya saben: que la “fincajuliana” es mía, y solo mía; el fruto sagrado de toda una vida de trabajo. No me dobla la edad, me dobla la traición. Esta finca, diseñada piedra a piedra por mi difunta esposa, es hoy el escenario de mi despojo.
Mi propio hijo, con apenas un 18% de nuda propiedad, me ha arrancado de mi historia. Por amor a mi esposa, cedí mil veces ante sus “problemas” de tarjetas de crédito (más de $120 millones). Ella, en su bondad, no quiso ver la sombra que yo intuía: una mente calculadora que hoy instruye a mi nieto bajo la premisa de que “el mundo es para los aventajados y los que roban sin que les pase nada”.
Los hechos hablan por sí solos:
- Mi coche desapareció misteriosamente.
- Inquilinos oscuros desguazaban motos en mi tierra.
- Mi hijo tomó la finca por la fuerza, poseyendo copias de todas las llaves.
Hoy, él disfraza su atropello bajo la fachada de un “refugio de animales”. Qué ironía. Yo, que levanté cada muro, sé que mi finca no necesitaba tanto despliegue: en realidad, fue diseñada para albergar a un solo animal… y es precisamente el que hoy la habita tras haberme traicionado.
